El Monasterio
El Monasterio —Es preciso casarse de nuevo, señora Elspeth; eso alejará de vuestra cabeza todas esas tonterÃas. ¿Qué dirÃais de un gallardo mozo como yo? Esa torre es bastante fuerte; y, si nos persiguieran de cerca, nos resguardarÃan las montañas, los bosques y los pantanos. SÃ, aquÃ, un hombre podrÃa vivir cómodamente, sostener una docena de compañeros montados y equipados, tener buena casa merced a su lanza y a algunas expediciones, y tratar además a la doncella con mucha cortesÃa. ¿Qué decÃs de esto, señora Elspeth?
—¡Ay, Cristián! ¿Cómo habláis asà a una pobre viuda y en presencia de un cadáver?
—¡Viuda! Por eso precisamente debéis casaros otra vez. ¿El primer marido ha muerto? Pues tomad otro más fuerte que no muera de la pepita como un pollito. Vamos, dadme algo que comer, y otro dÃa hablaremos.
Elspeth conocÃa el carácter de su interlocutor, a quien despreciaba tanto como temÃa; pero no pudo por menos de sonreÃr a sus brutales requiebros.
—Es para que esté tranquilo —dijo en voz baja al subprior, y sirvió a Cristián la comida que habÃa preparado para el padre Eustaquio, lisonjeándose de que el agasajo y el poder de sus encantos distraerÃan tanto al merodeador que no volverÃa a acordarse de la querella que habÃa sostenido.