El Monasterio

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No entraba en el ánimo del subprior provocar una ruptura entre la abadía y Julián Avenel, pues la moderación era tan necesaria como la firmeza para sostener a la Iglesia romana en medio de los ataques que se le dirigían; y no ignoraba tampoco que, por lo contrario, durante los siglos precedentes, las querellas entre el clero y los seglares terminaban casi siempre a favor de los últimos. Así decidió evitar toda ocasión de disputa retirándose, después de haberse apoderado del libro que el sacristán se había llevado la víspera y que de tan extraño modo había sido devuelto.

Eduardo, el más joven de los hijos de la señora Elspeth, se opuso resueltamente a este rapto.

María, que quizás hubiera hecho lo mismo, se encontraba en aquel momento en otra habitación en compañía de Tibb, y esta empleaba toda su elocuencia en consolarla de la muerte de su madre.

Eduardo defendió los derechos de su amiguita con extraordinaria firmeza, manifestando que, puesto que lady Avenel no existía ya, el libro pertenecía a María y que nadie dispondría de él más que su dueña.

—Como es un libro que no conviene que lea María —díjole el subprior—, no querréis que quede en su poder.


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