El Monasterio

El Monasterio

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En todas las clases sociales, los hombres quieren conservar la estimación de los individuos que le rodean; pero, en la vida monástica, privados de toda relación con el mundo exterior, el lugar que ocupan entre sus compañeros es el todo para ellos. El subprior iba a exponerse al ridículo, tal vez a parecer culpable a los ojos del abad y de buena parte de sus hermanos, envidiosos y descontentos del ascendiente que ejercía sobre la comunidad; pero este temor no pudo contrarrestar la idea que tenía de su deber.

Al aproximarse a la abadía, vio con asombro que había a la puerta algunos grupos de hombres a caballo y a pie, entre los que se distinguían, a la luz de las antorchas, los frailes que parecían recorrer las filas. Las exclamaciones de alegría con que fue recibido le revelaron que era él el objeto de la solicitud general.

—¡Aquí está! ¡Aquí está! ¡Bendito sea Dios! Aquí está, sano y salvo! —exclamaron los vasallos, mientras los frailes entonaban un Te Deum laudamus.

—¿Qué ocurre, hijos míos? ¿Qué hay, hermanos míos? —preguntó el padre Eustaquio, apeándose.

—Qué, ¿no lo sabéis, hermano? —contestó un fraile—. Pues bien, seguidnos al refectorio, y allí os enterarán. Solo os diré que nuestro digno abad había ordenado a nuestros fieles y celosos vasallos que corrieran a prestaros socorro.


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