El Monasterio

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—Si cuento esta extraña aventura, se burlarán de mí todos mis hermanos, a pesar de haber sido colocado en esta abadía para vigilarlos, y sostener la disciplina. Además, doy al abad una ventaja que no volveré a recuperar jamás; y Dios sabe si, en su ignorante simplicidad, no abusará de ella en perjuicio y deshonra de la Iglesia. Pero, si me callo, ¿cómo voy a atreverme en los sucesivo a dar consejos a los demás? Confiesa, corazón orgulloso, que el bien de la Santa Iglesia te preocupa más que el temor de ser humillado. El Cielo te ha castigado hiriéndote en el punto en que te considerabas más fuerte: en tu orgullo espiritual y en tu sabiduría mundana. Has triunfado de la inexperiencia de tus hermanos y ahora debes sufrir que triunfen de ti. Diles lo que ellos no creerán; afirma lo que ellos atribuirán a un temor pueril, o lo que calificarán de mentira involuntaria.

—Sí, ¡he de cumplir mi deber! Mi superior debe saberlo todo. Si, después de esto, dejo de ser útil en el monasterio, Dios y la Virgen Santísima me colocarán en otro en que podré servirles más eficazmente.

Así razonaba el padre Eustaquio, quien realizaba un acto sumamente meritorio al aportar aquella resolución tan piadosa como generosa.


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