El Monasterio
El Monasterio —Asà lo haré, por mi honor y por amor vuestro —respondió el guardián del puente—. ¡Es increÃble! ¡Este padre Eustaquio se atrae a las gentes más que todos los demás frailes juntos! Mujer, escucha, mujer: daremos un pedazo de pan y un vaso de aguardiente al primer peregrino que pase, y no será malo guardar para este objeto el fondo del cacharro que está algo turbio, y el pan de cebada mal cocido que los niños no han podido comer.
Mientras Pedro daba a su mujer estas caritativas y prudentes instrucciones, el fraile proseguÃa su camino.
El subprior tenÃa que descender al fondo de su corazón para vencer a un enemigo que, en su opinión, era más formidable que cuantos el poder de Satanás podÃa mostrarle. SentÃase tentado a no hablar de la inexplicable aventura que acababa de ocurrirle, tentación tanto mayor cuanto más grande era la incredulidad con que habÃa escuchado el relato análogo del padre sacristán.
El libro que se habÃa llevado de la torre, no lo tenÃa ya: sin duda, se lo habÃan arrebatado mientras estuvo desmayado.