El Monasterio
El Monasterio Un movimiento que oyó cerca de él le hizo estremecerse; se levantó y vio la mula que pacía tranquilamente a su lado. Volvió, pues, a ponerse en marcha, pensando en la extraordinaria aventura, y entró en el gran valle regado por el Tweed.
Tan pronto como el subprior hizo oír su voz, bajose el puente levadizo para darle paso. Había ganado de tal modo el corazón del guardián, que este se presentó inmediatamente con una linterna para alumbrarle.
Al acercar Pedro la luz al rostro del benedictino, dijo:
—¡Vuestra reverencia parece muy cansado! ¡Estáis pálido como un muerto! Vosotros, acostumbrados a vivir en una celda, necesitáis poca cosa para inmutaros. Antes de que me hubiesen colocado aquí, andaba algunas veces treinta millas de Escocia antes de almorzar, y estaba como una rosa. ¿Queréis comer un bocado? Bebed una copa de aguardiente; os sentará bien.
—He hecho voto de no tomar nada hoy —contestó el subprior—; pero, de todos modos, os lo agradezco. Dádselo al primer peregrino que llegare aquí pálido y cansado como yo estoy en este momento.