El Monasterio

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—Veo claramente —dijo un día— que el Infierno tiene tantos agentes lo mismo que el Cielo: agentes desgraciadamente muy activos para ejecutar las órdenes del demonio y hacerle prosélitos. Me lisonjeo, joven, de que ni la pereza, ni el deseo de placeres licenciosos, ni el amor a las riquezas, ni la sed de grandezas humanas os impiden ingresar en mi Orden; y espero, sobre todo, que el deseo de adquirir conocimientos superiores, tentación a la que se encuentran expuestos cuantos han hecho algunos progresos en las ciencias, no os han arrastrado al peligro de escuchar las perniciosas doctrinas que combaten la religión. Más quisiera que fuerais completamente ignorante que veros prestar oído a los herejes.

Eduardo Glendinning escuchó esta reprimenda con la cabeza baja, y aseguró muy enérgicamente a su profesor que jamás había estudiado nada prohibido por la Iglesia. El padre Eustaquio se vio, pues, reducido a formar vanas conjeturas sobre la causa de aquella decidida repugnancia al estado monástico.






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