El Monasterio
El Monasterio —Alberto no se parece en nada a los hijos de los vecinos. Aunque mucho más alto y mucho más robusto que los demás jóvenes de su edad, no deja de ser menos apto para hacer una vida tranquila y retirada. Si no es aficionado a los libros, tampoco lo es a llevar el bieldo, o el arado: ha limpiado la espada de su padre, se la ha puesto al cinto y rara vez sale sin ella. Dulce y tranquilo cuando todo marcha a su gusto, es un diablo desencadenado cuando se le contrarÃa. En una palabra, reverendo padre —decÃa sollozando la viuda—, si os lleváis a Eduardo, me quitáis el sostén de mi casa, pues tengo el presentimiento de que Alberto seguirá la carrera de mi infortunado Simón, y tendré el dolor de perder a mi hijo mayor como he perdido a mi esposo.
El subprior hablaba entonces de otra cosa, esperando que el tiempo disipara los prejuicios de aquella excelente madre.
Cuando se dirigÃa a Eduardo para hacerle comprender cuán útiles serÃan sus estudios para su ascenso si entraba en las Órdenes sagradas, el joven mostraba la misma oposición, alegando falta de vocación suficiente, repugnancia invencible a abandonar a su madre, y otras razones que para el subprior eran solo evasivas.