El Monasterio

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—Este es el momento —se dijo Alberto—, y ahora puedo… sí, puedo llegar a ser más sabio que Eduardo, a pesar del trabajo que se toma para aprender. María verá que no es él el único a quien puede consultar, el único que tiene derecho a sentarse a su lado, a inclinarse hacia ella cuando lee, a enseñarle cada palabra, cada letra. Además, ella me prefiere, no me cabe duda, Como es de sangre noble, debe despreciar la indolencia y la cobardía. ¡Ah! ¿Acaso no soy yo también tan indolente y tan cobarde como un fraile? ¿Por qué temo invocar ese espíritu, esa sombra, ese ser misterioso? No será la primera vez que me encuentre en su presencia; ¿qué puede ocurrirme? ¿Acaso me falta valor? ¿No llevo al cinto la espada de mi padre? ¿Por qué me late el corazón y se erizan mis cabellos? Si un ser impalpable me inspira temor, ¿no me lo inspirará también una partida de ingleses de carne y hueso? ¡Por el alma de primer Glendinning! He de ensayar el echizo: lo he repetido muchas veces para haberlo olvidado.

Y, desnudando su pierna derecha, la adelantó y sacó la espada; después miró en torno suyo como para revestirse de valor, saludó tres veces al viejo abeto secular y la fuentecilla, y, con voz segura, dijo:

¡Dama Blanca de Avenel,

a buscaros vengo aquí!

Me habéis hecho una promesa

y os la reclamo. ¡Acudid!


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