El Monasterio

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—Sí —respondió la visión—; allí fue donde te enseñé el encanto poderoso, las misteriosas palabras, cuya suprema facultad me obliga a mostrarme en estos lugares. Sin embargo, me olvidabas, y has dedicado tu loca juventud a buscar otros placeres. Solo la ambición, que se ha apoderado de tu alma, ha podido sugerirte ese deseo, pues habíais olvidado completamente el libro y a la Dama Blanca.

—¡Oh!, me corregiré, pues deseo instruirme. Me prometisteis ayudarme a realizar este deseo, si alguna vez lo formulaba. Ya no temo vuestra presencia ni me mostraré indiferente.

Al hablar así el joven, la virgen misteriosa era cada vez más perceptible, y lo que antes parecía sombra casi incolora tomaba el aspecto de una substancia corporal, aunque con rasgos indefinidos. Así al menos, apareció a los ojos de Alberto aquel ser extraordinario.

—¿Me concederéis el favor que os pido —preguntó el joven— y me confiaréis el libro santo, cuya pérdida ha llorado María tantas veces?

—Me ofendía tu terror —repuso la Dama Blanca—, y tu pereza es vergonzosa. El que, después de haberse demorado, desea llegar felizmente al puerto, debe forzar la entrada, o desistir. Un astro te protegía, pero va a eclipsarse. Si quieres que continúe alumbrando tu camino, debes mostrar denuedo, firmeza y valor.


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