El Monasterio

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Alberto, algo repuesto de su terror, pudo decir, aunque con voz temblorosa:

—En nombre de Dios, decidme, ¿quién sois?

La Dama Blanca repuso:

—No te puedo decir quién soy, porque no puedes saberlo. Dispenso mercedes y ocasiono perjuicios; doy y quito la esperanza. No soy cuerpo ni sombra. Soy la flor que adorna los campos, el viento que silba, el fuego que destruye, y la burbuja de aire que asoma a la superficie del cristalino lago. Ser impalpable y misterioso que fomenta las pasiones humanas, aunque estas no sean para mí otra cosa que la imagen fugaz que contemplas en el espejo de esa fuente. Vivo muchos siglos, pero no envidies mi longevidad, porque, cuando dormimos, jamás despertamos. No puedo decirte más, ni tú puedes saber otra cosa.

Enmudeció la voz como si la Dama Blanca esperase una respuesta; pero, como Alberto no sabía aún cómo dirigirle la palabra, la visión empezó a desvanecerse gradualmente.

Temiendo Alberto que desapareciera, se apresuró a decir:

—Dama Blanca, cuando os vi en el valle, el día que me devolvisteis el libro negro de lady Avenel, me dijisteis que alguna vez lo leería.


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