El Monasterio
El Monasterio —Si hasta hoy anduve lentamente, en lo sucesivo me veréis marchar con resolución. En poco tiempo he vivido algunos años, pues llegué aquà siendo niño y voy a retirarme hecho hombre, un hombre en estado de poder conversar no solo con sus semejantes, sino con todos los Seres a quienes Dios permite mostrarse a sus ojos. Aprenderé lo que contiene el libro misterioso; sabré por qué lady Avenel lo estimaba tanto, por qué los frailes han intentado dos veces apoderarse de él, y por qué dos veces lo habéis rescatado de sus manos. Decidme qué es ese libro y qué encierra, os lo suplico.
La Dama Blanca inclinó la cabeza y, cruzando los brazos sobre el pecho, respondió solemnemente:
—¡Es un terrible misterio! ¡Dichosos los mortales, a quienes está permitido encontrar en él los principios del temor, del amor, y de la esperanza!; pero ¡desgraciado el que desprecie o ponga en duda esas santas escrituras!
—Dadme ese libro, Dama Blanca. Se dice que no tengo amor al trabajo; pero, con la ayuda de Dios, lograré comprenderlo. Dadme ese libro.
—El libro —respondió la extraña interlocutora— ha sido depositado en las entrañas de la tierra. Toma mi mano, y tus ojos, abiertos a la luz, verán lo que jamás sospecharon los mortales.