El Monasterio

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Alberto obedeció, pero su mano tembló al tocar la de la Dama Blanca, que estaba fría como el mármol. Esta, al advertirlo, exclamó:

—Si temes seguirme, estás todavía a tiempo para retroceder. Vuelve sobre tus pasos, sigue viviendo en la ignorancia; pero no vuelvas jamás a pisar estos lugares, que deshonras con tu cobardía.

—No temo nada —contestó el intrépido joven—. Ninguna potencia, natural o sobrenatural, podrá impedirme que recorra, cuando me plazca, el valle en que he nacido; estoy dispuesto a seguiros.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, abriose la tierra bajo sus pies, y descendieron durante algunos instantes con una velocidad que impidió respirar a Alberto y heló la sangre en sus venas. Se detuvieron de pronto, teniendo necesidad la Dama Blanca de sostener el cuerpo frágil del viajero para que pudiera resistir el golpe.

Al mirar en torno suyo, vio Glendinnig que estaba en una inmensa gruta recubierta de espato y de brillantes cristales, que reflejaban todos los colores del prisma, a la luz de una llama encendida sobre un altar de alabastro.


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