El Monasterio

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—Os repito, que siempre habéis sido circunspecto y prudente, vecino; pero, puesto que sois aficionado a la caza, Alberto os será agradable, pues conoce todos los rincones del término tan bien como los pueda conocer el guardabosque de la abadía.

—¿Y conoce tan bien la hora de comer, señora Elspeth? En Kennaquhair llamamos mediodía a la hora de la comida.

Elspeth viose obligada a confesar que aun en aquella hora tan importante del día, Alberto la olvidaba algunas veces; y el molinero movió la cabeza y recordó los gansos de Macfarlane, que gustaban más del juego que de comer[14].

Por el temor de que un retraso excesivo aumentara la impresión poco favorable que el molinero tenía de Alberto, Elspeth encargó a María Avenel que hiciera los honores de la casa a sus huéspedes y cuidara de distraerlos; y, luego, corrió a la cocina y aceleró los preparativos culinarios, sacando una cacerola del fuego, colocando en él unas parrillas, limpiando los platos, dando tantas órdenes, que Tibb Tacket, perdida la paciencia, murmuró:

—¡Eh! ¡Dios mío! ¡Tanto ruido por un viejo molinero, como si fuera un descendiente de Bruce!

La señora Glendinnig la oyó como quien oye llover.


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