El Monasterio
El Monasterio —Lo mismo que todos los molineros no son blancos —dijo Happer encantado de poder intervenir en la conversación.
Alberto, que habÃa visto con impaciencia cómo lo examinaba el extranjero, y a quien sus discursos no agradaban poco ni mucho, le dijo con vivacidad:
—Caballero, en este paÃs hay un refrán que dice: «No desprecies al zarzal que te sirve de asilo». Si los servidores me han informado bien, habéis venido aquà a buscar un asilo contra algún peligro: no despreciéis, pues, la simplicidad de esta casa, ni la sencillez de sus moradores. Mucho tiempo hubierais podido permanecer en la corte de Inglaterra antes de que se nos hubiera ocurrido ir a molestaros con nuestra presencia. Puesto que vuestro destino os ha traÃdo entre nosotros, aceptad la hospitalidad que os damos, y no nos ofendáis. Los escoceses tenemos la paciencia corta y la espada larga.
Las miradas de los testigos de esta escena habÃan estado fijas en Alberto mientras hablaba, y todos descubrieron en el joven un aspecto de inteligencia y de dignidad que jamás habÃan advertido antes. ¿Acaso se lo debÃa al ser misterioso de quien acababa de separarse? No nos atrevemos a afirmarlo; pero lo cierto es que desde aquel momento pareció otro hombre, obrando con la firmeza, aplomo y decisión propios de la edad madura, y conduciéndose con nobleza digna de más elevada alcurnia.