El Monasterio
El Monasterio Al decir esto, miró casualmente a Cristián de Clint-hill, y el temor de ofenderle la hizo variar de actitud, absteniéndose de continuar sus reprimendas maternales, las cuales, lo mismo que las conyugales, deben hacerse siempre en tiempo y lugar convenientes. En la mirada viva y penetrante de Cristián reflejose una expresión de astuta malicia que le dio a comprender que habÃa ido demasiado lejos; y en su imaginación veÃa ya doce de sus vacas más hermosas conducidas durante la noche por una cuadrilla de merodeadores. AsÃ, pues, se apresuró a rectificar.
—No es —dijo— hablar mal de los caballeros de la comarca; pues sé perfectamente que en nuestras fronteras la rienda y el estribo convienen a un hombre, tanto como el abanico a una dama y la pluma a un fraile. ¿No os lo he dicho con frecuencia, Tibb?
Aunque no tan rápido como Elspeth hubiera deseado atestiguar el respeto a los merodeadores, la sirvienta respondió:
—Sin duda; sin duda, señora Elspeth, os lo he oÃdo decir muchas veces.