El Monasterio
El Monasterio —Madre —inquirió Alberto con firmeza y gravedad—, ¿qué teméis? ¿Qué podéis temer bajo el techo de mi padre? ¡Creo que nadie os pueda impedir decir a vuestros hijos lo que tengáis por conveniente! Siento haber llegado tan tarde; pero no esperaba encontrar aquà tan buena compañÃa. Si os contentáis con esta excusa, vuestros huéspedes deben darse también por satisfechos.
Esta contestación, que era un término medio entre la sumisión que debÃa a su madre y la dignidad natural de quien por derecho propio era el jefe de la familia, fue aprobada por todos. Al dÃa siguiente, Elspeth misma confesó a Tibb que jamás hubiera creÃdo que Alberto tuviera tanta sangre frÃa y tanta arrogancia.
—Hasta ahora —decÃa—, a la menor palabra de censura se enfurecÃa como un potro de cuatro años, y anoche estuvo tan grave y tan tranquilo como el abad de Santa MarÃa. Ignoro qué sucederá en lo sucesivo, pero muestra ya una noble grandeza.
La reunión se habÃa dado por terminada.
Cristián fue a la cuadra para cerciorarse de que no faltaba nada a su caballo; Eduardo tomó un libro, y Alberto, cuya destreza en las artes mecánicas igualaba a su poca facilidad en las ciencias intelectuales, se retiró a su aposento para buscar un escondite donde ocultar la traducción de las Santas Escrituras, de que se habÃa posesionado de modo tan milagroso.