El Monasterio
El Monasterio A este efecto desprendió una de las tablas que formaban el piso de la habitación, y la arregló de manera que pudiera levantarse sin que se advirtiera que era movible.
Sir Piercie Shafton continuó inmóvil en su silla, en la sala donde habían comido, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el techo como si se hubiera propuesto descubrir las telarañas que lo tapizaban, y con tanta gravedad como si su vida dependiera de la exactitud del cálculo. El caballero inglés permaneció abismado en sus meditaciones hasta que se sirvió la cena, a la que no asistieron María ni Mysie. Entonces miró en torno suyo como si faltara algo; pero no preguntó la causa de esta ausencia. Guardó profundo silencio y no contestó más que monosílabos a los comensales que le dirigieron la palabra.
Cristián, en cambio, refirió todas sus hazañas a los que quisieron oírle, y sus relatos hicieron más de una vez erizar los cabellos a Elspeth; pero divirtieron mucho a Tibb, que los escuchó con tanto interés como Desdémona oía los de Otelo. En cuanto a Alberto y Eduardo, se entregaron a sus reflexiones, que no abandonaron hasta que Elspeth inició la retirada.