El Monasterio
El Monasterio Comprobado este importante punto por Alberto, que en vez de coger sus armas de caza y dirigirse a los bosques, como acostumbraba, había hecho una visita general con cuidado y gravedad de que nadie le hubiera creído capaz, dirigiose al comedor, donde generalmente se reunía la familia para tomar el desayuno a las siete de la mañana.
Sir Piercie se encontraba ya allí, en la misma actitud que la víspera, con los brazos cruzados, las piernas extendidas y la nariz levantada. Parecía sumergido en reflexiones tan profundas, que no contestó al saludo que Alberto le dirigió dos veces. Disgustado por esta afectación de importancia indolente, y ofendido al ver a su huésped persistir en ella, Glendinning resolvió romper el hielo, y exigirle una explicación de las causas que lo habían conducido a la torre de Glendearg, siendo tan altanero y tan poco comunicativo.
—Caballero —le dijo con firmeza colocándose ante él—, os he dado dos veces los buenos días sin que hayáis demostrado oirlo. Os está permitido no corresponder a una cortesía con otra; pero, como necesito hablaros de asuntos que os conciernen, os ruego que me prestéis atención y que me manifestéis de algún modo que me escucháis, para tener seguridad de que no hablo a una estatua.