El Monasterio
El Monasterio —Creo —dijo el caballero— que serÃa preferible que vuestras reverencias discutieran este asunto reservadamente, pues estoy impaciente por ver en qué estado ha llegado mi equipaje. Temo que no lo hayan acomodado con los cuidados y las precauciones necesarias, y no me consolarÃa si alguno de mis cuatro trajes nuevos hubiera sufrido algún percance, pues su elegancia supera toda descripción. Os ruego, pues, que me dispenséis, si os dejo para hacer esta comprobación importante.
Y, dicho esto, salió de la estancia.
—¡Que la Virgen nos conserve el juicio! —exclamó el abad, aturdido por la locuacidad del caballero—. ¡Cómo se habrán alojado tantas tonterÃas en la cabeza de un solo hombre! ¡Y a un fatuo semejante, a una cabeza tan ligera ha elegido el conde de Northumberland por confidente en un asunto tan importante y tan peligroso!