El Monasterio
El Monasterio —Son, en efecto, motivos que nos impone la obligación de protegerlo y socorrerle. No le enviemos a Julián Avenel, porque ese barón sin conciencia no tendrÃa ningún escrúpulo en despojar a un desdichado extranjero; pero puede quedarse aquÃ. Cuanto más retirado y obscuro sea el paraje, más difÃcil será que lo descubran. Además, podemos hacer que su residencia le sea más grata.
—Le enviaré mi cama de viaje y un buen sillón.
—Y como está tan cerca de nosotros, si le amenaza algún peligro, puede ir a la abadÃa, y ya buscarÃamos el medio de ocultarlo hasta que pueda huir sin peligro.
—¿No serÃa mejor enviarlo a la corte de Escocia, y desembarazamos asà de su persona?
—SÃ; pero tenÃa que ser a expensas del nuestros amigos. Esta mariposa, aunque despliegue sus alas en el valle de Glendearg, nadie ha de notarlo, y si estuviera en Holyrood, querrÃa, aun con peligro de su vida, brillar ante la reina y su corte; en menos de tres dÃas serÃa advertida su presencia y la paz de la isla quedarÃa perturbada por un imbécil.