El Monasterio
El Monasterio La misteriosa aparición sacudió la cabeza, y su cabellera la envolvió como en un velo. Sus facciones se hicieron menos visibles y su rostro púsose pálido como la luna; su cuerpo se hizo transparente, y, por último, desapareció por completo.
Cuando Alberto se quedó solo al lado de la fuente, experimentó, aunque con menos intensidad, la misma turbación que se había apoderado de él la primera vez que vio desaparecer y desvanecerse a la Dama Blanca.
Una duda, un recelo le acometió entonces: ¿podía, con tranquilidad de conciencia, utilizar la aguja que le había dado aquel ente misterioso que, según confesión propia, no pertenecía a la categoría de los ángeles?
—Consultaré el caso con Eduardo, que conoce la ciencia de los legos, y me dirá qué debo hacer. No, Eduardo es demasiado prudente, demasiado escrupuloso. Ensayaré si Piercie Shafton se atreve a desafiarme de nuevo, y sabré por experiencia propia, si hay algún peligro en seguir los consejos de la Dama Blanca. Regresemos a la torre y pronto sabré si puedo permanecer allí, pues llevando al cinto la espada de mi padre no he de permitir que se me insulte de nuevo, sobre todo en presencia de María.