El Monasterio
El Monasterio —Quizá —contestó el subprior— unos paseos dados de vez en cuando por los confines de los dominios de Santa MarÃa produzcan a vuestra salud el mismo efecto que los aires puros de la abadÃa de Dundrennan.
—Sà —asintió el abad—, con la bendición de nuestra patrona, quizá tales paseos me prueben bien. Pero será necesario procurar que el venado sea muerto por un cazador hábil y que conozca bien su oficio…
—Si vuestra reverencia me permite hablar —interrumpió el hermano cocinero—, diré, respecto a este importante asunto, que nadie mejor para ese empleo que el hijo mayor de la señora Elspeth Glendinning, aquà presente. Por mi cargo, conozco algo el modo de matar la caza, y os declaro que jamás vi flecha tan certeramente dirigida: se ha clavado en el mismo corazón del venado.
—¡Pura casualidad! —dijo sir Piercie Shafton—. Un solo golpe no acredita de buen cazador, como una golondrina no hace verano. Además, he visto al joven campesino de quien habláis, y si su mano es tan hábil para lanzar flechas como su lengua para pronunciar impertinencias, lo declaro desde ahora tan buen arquero como lo fue Robin Hood.