El Monasterio

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—¡Por Santa María! —exclamó el abad—. Es indispensable aclarar este punto. Acercaos, señora Glendinning, y decidnos, como vuestro superior temporal y espiritual, sin temor ni parcialidad, pues se trata de un asunto de gran interés, si vuestro hijo maneja tan diestramente el arco como asegura el hermano cocinero.

—¡Ah! —respondió la señora Elspeth, haciendo una profunda reverencia—. Tengo el deber de decir la verdad, puesto que a mi marido, ¡Dios lo tenga en santa gloria!, lo mató una flecha en la batalla de Pinkie, combatiendo en defensa de la Iglesia, como era su deber de vasallo de Santa María. Era un bravo hombre y un hombre bravo; ya lo sabe vuestra reverencia. Le gustaba un trozo de venado, y de vez en cuando daba una vuelta por las fronteras con los merodeadores, pero estos eran sus únicos pecados. Ya he pagado bastantes misas en sufragio de su alma, y aun no estoy segura de que haya salido del Purgatorio.

—Señora Glendinning, si vuestro marido murió defendiendo a la Iglesia, como decís, nuestras oraciones lo han sacado del Purgatorio seguramente, si fue a aquella mansión expiatoria. Pero es de vuestro hijo de quien hablamos ahora, y deseo que me digáis si es diestro en el manejo del arco; ¿si o no?


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