El Monasterio
El Monasterio —¡Ojalá lo fuera menos! Mis tierras estarÃan mejor cultivadas. Realmente, tan hábil es en el manejo del arco como en el del arcabuz, y si el honorable caballero que nos escucha le sostiene su sombrero a cien pasos, lo verá atravesado por una flecha, una saeta o una bala, a su elección, sin tocar una de sus cintas, con tal que al señor no le tiemble la mano con que lo sujete. Más de una vez he visto al anciano MartÃn tenerle su gorro; y el reverendo padre subprior, si lo recuerda, lo ha presenciado.
—No lo olvidaré nunca, señora Elspeth —confirmó el padre Eustaquio— pues no sabÃa qué admirar más, si la sangre frÃa del joven o la tranquilidad del anciano. Sin embargo, no aconsejaré a sir Piercie Shafton que exponga a tal peligro su hermoso sombrero, y menos todavÃa su preciosa persona, a no ser que tenga capricho de ello.
—De ningún modo —replicó vivamente el caballero—. No niego al joven campesino la habilidad que vuestra reverencia le atribuye; pero un hombre no es más que un hombre: los dedos pueden resbalarse sobre la cuerda, la vista puede nublarse y el más experto cazador errar la punterÃa. AsÃ, pues, no haré esa prueba peligrosa, cuyo resultado más feliz serÃa la pérdida de mi sombrero, un sombrero que…