El Monasterio

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—Como gustéis, caballero —interrumpió el abad—. El testimonio de nuestro leal consejero el padre subprior nos basta para formar juicio respecto al asunto, por lo que nombraremos a ese joven subguarda de los bosques que el rey David concedió a esta abadía.

—¡Arrodillaos, señora, arrodillaos! —exclamaron al mismo tiempo el cocinero y el sumiller—. Dad las gracias a su reverencia por la merced que acaba de otorgar a vuestro hijo, y besadle la mano.

Y como si entonaran alternativamente los versos de un salmo, enumeraron a dúo todas las ventajas que el empleo proporcionaba a su hijo.

—Cuatro marcos de plata cada año, por la Candelaria —decía el padre sumiller.

—Una casaca y unos calzones de caza por Pentecostés —agregó el padre cocinero.

—Un tonel de cerveza doble por San Martín —prosiguió el primero— y cerveza sencilla a discreción, si se entiende con el padre despensero…

—Varón muy prudente —interrumpió el prior— que sabrá estimular el celo de un activo servidor del convento.

—Una cazuela de sopa y una buena ración de buey o de camero, en todas las fiestas solemnes —continuó el padre cocinero.

—Derecho de pastoreo para dos vacas y un caballo en los prados de Santa María —agregó el sumiller.


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