El Monasterio

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—Una piel de buey cada año, para hacerse botas —agregó el cocinero.

—Y otras ventajas que ahora no hemos de detallar —terminó el abad.

La señora Elspeth, que continuaba arrodillada entre los dos frailes, movía maquinalmente la cabeza a un lado y a otro, como una autómata, al oír aquella enumeración.

Cuando los hermanos concluyeron de hablar, besó devotamente la mano del abad; pero, conociendo el carácter de Alberto, después de dar al abad reiteradas gracias, agregó que esperaba que su hijo, comprendiendo la importancia del empleo, no lo rehusaría.

—¡Rehusarlo! —exclamó el abad arrugando el entrecejo—. ¿Acaso ese joven ha perdido el juicio?

La viuda, aturdida por la aspereza con que el abad le hizo esta pregunta, no supo qué responder; mas cuando estuvo en estado de hacerlo, apenas se le escuchó, pues los dos frailes reanudaron, llenos de asombro, su letanía.

—¡Rehusarlo! —exclamó el padre sumiller.

—¡Rehusarlo! —repitió el hermano cocinero.

—¡Rehusar cuatro marcos de plata al año! —agregó el primero.

—¡Y cerveza, sopa, carnero, piel, derecho de pastoreo!… —prosiguió el segundo.

—¡Casaca y calzones! —replicó el otro.


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