El Monasterio
El Monasterio —Hermanos mÃos, —dijo, interviniendo, el subprior—, tengan paciencia. No nos apresuremos a admiramos antes de que haya motivo. Esta señora debe conocer bien el carácter y aspiraciones de su hijo, que no tiene, por cierto, inclinación a las ciencias, en las que he tratado inútilmente de iniciarlo; pero, según mi pobre juicio, es de esos hombres a quienes Dios presenta a los pueblos cuando estos quieren redimirse por la fuerza de brazos y la firmeza de almas; hombres que suelen tener un carácter extraño y obstinado que los hace parecer estúpidos e intratables, hasta que se les presenta la ocasión propicia de convertirse en instrumentos de grandes cosas.
—Tenéis razón, padre Eustaquio —asintió el abad—; veremos a ese joven antes de resolver. ¿Qué decÃs vos, caballero? ¿No se acostumbra en la corte buscar al hombre que conviene al cargo, mejor que el cargo que conviene al hombre?