El Monasterio

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—En principio, acepto las sabias reflexiones que vuestra reverencia acaba de hacer —respondió sir Piercie Shafton—; pero, con todo el respeto que debo al venerable subprior, dudo que haya en las cabañas de los humildes aldeanos jefes ni libertadores de los pueblos. Si ese joven posee rasgos marciales, cosa que no niego, aunque no suelen ir juntas la presunción y la arrogancia y la verdadera bravura, solo le servirán para distinguirse en su obscura esfera; y, lo mismo que el gusano de luz que tanto brilla en la pradera, dejará de lucir en el momento que te coloquen a una altura para servir de faro…

—Aquí llega el joven cazador, y él hablará por sí mismo —dijo el padre Eustaquio, que, colocado frente a una ventana, acababa de ver a Alberto encaminándose al castillo.

—Rogadle que venga a nuestra presencia —ordenó el abad.

Los dos frailes, disputándose el cumplimiento de aquella orden, salieron a su encuentro, seguidos de la señora Elspeth, que iba a buscar a su hijo, tanto para recomendarle sumisión a la voluntad del abad, cuanto para hacerle variar de traje antes de que se presentara en la sala; pero, cuando la viuda llegó, los dos frailes lo habían cogido ya cada uno de un brazo y lo llevaban en triunfo.


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