El Monasterio
El Monasterio —¡Cúmplase la voluntad de Dios! —exclamó la madre—. ¡Si al menos llevara su traje del domingo!
Por muy modesto que fuera este deseo, fue imposible cumplirlo, y Glendinning presentose ante el abad sin recibir ninguna explicación previa y sin que le dejaran ponerse sus calzas de los dÃas festivos.
Presentado bruscamente en medio de los huéspedes, Alberto tenÃa en su porte algo que infundÃa respeto; pero la mayorÃa de los extraños a la casa estaban dispuestos a tratarlo con altanerÃa o con desdén absoluto.
Su entrada, y la acogida que recibió, bien merecen capÃtulo aparte.