El Monasterio
El Monasterio El subprior disfrutaba del placer que generalmente experimenta todo buen corazón cuando se concede una gracia a alguien que la merece. Como no había visto a Alberto desde que este se había metamorfoseado, no dudaba de que, a pesar de la incertidumbre manifestada por Elspeth, el cargo en cuestión convenía al joven, que era amigo de la caza e incapaz de someterse a una ocupación regular o sedentaria.
Los hermanos cocinero y sumiller fueron los que más encantados quedaron del aspecto de Alberto, a quien juzgaron merecedor de los cuatro marcos de plata, de la sopa, del carnero, de la cerveza, del derecho de pastoreo, del jubón, etc., etc.
Sir Piercie Shafton, sea porque estaba muy preocupado, o porque el asunto que se trataba le pareciera indigno de su atención, parecía completamente extraño a lo que pasaba en torno suyo. De vez en cuando cambiaba de actitud para desplegar sucesivamente todas sus gracias y dirigía una mirada al sexo femenino allí presente para observar si había merecido su aprobación. Desgraciadamente para él, la hija del molinero era la única que advirtió aquel juego, pues María Avenel y la señora Glendinning, temiendo que Alberto pudiera contestar con excesiva vivacidad, no prestaban al caballero la menor atención.