El Monasterio

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Así se presentó Alberto ante el abad Bonifacio y su séquito; pero sería difícil describir su aspecto y la expresión de sus ojos, espejo fiel del alma, al verse en compañía de personas a quienes, desde niño, había mirado siempre con gran respeto y veneración. La cortedad que parecía experimentar no tenía nada de humillante ni de servil: era la de un joven apasionado e ingenuo, pero sin experiencia, que por primera vez se ve obligado a hablar y obrar en circunstancias imprevistas. Un amigo verdadero no hubiera suprimido nada de su timidez, ni añadido tampoco nada a su atrevimiento.

Después de besar la mano del prior, retrocedió algunos pasos para saludar a los demás concurrentes, de los que no conocía más que al subprior; se ruborizó al mirar a María Avenel, que esperaba con inquietud la especie de prueba a que iban a someterle, y, repuesto de su pasajera turbación, esperó, tranquilo, que el prior le dirigiera la palabra.

La expresión ingenua de su fisonomía, su aspecto de nobleza y su apostura graciosa dispusieron a los frailes en su favor. El prior dirigió al padre Eustaquio una mirada de aprobación, aunque estaba dispuesto a resolver sin pedirle consejo la cuestión del nombramiento de guardabosque.


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