El Monasterio
El Monasterio El rostro del joven escocés era menos bello, pero de facciones más pronunciadas, y la influencia del sol, al que estaba expuesto constantemente, había tostado su tez borrándole el lirio y las rosas. Sus ojos negros brillaban de tal manera, sobre todo cuando se animaba, que parecían lanzar chispas, y sus cabellos, negros también y naturalmente ensortijados, completaban un conjunto que revelaba más osadía y orgullo que lo que de su posición social podía esperarse.
Sus vestidos no eran muy a propósito para realzar su persona, pues consistían en chupa y pantalón de caza de paño verde muy grueso, gorro de la misma tela, cinturón de cuero que le servía para sujetar la espada, cinco o seis flechas, puñal con mango de cuerno y un par de botas de piel de gamo, que podían subirse hasta las rodillas o volverse sobre la pantorrilla, como las llevaban en aquella época los que por gusto o necesidad recorrían frecuentemente los bosques, para poder desafiar sin peligro las rozaduras de las zarzas y de las espinas.