El Monasterio
El Monasterio La conducta de Eduardo era, tratándose de un joven tan reservado, respetuoso y hasta tímido como él, noble y afectuosa. Retirado en un rincón, desde que el prior, accediendo al ruego del padre Eustaquio, le había dirigido algunas preguntas acerca de sus progresos en el Donat y en el Promptuarium Parvulorum, cuyas respuestas no escuchó, fue al lado de su hermano, pasole la mano derecha por debajo de su brazo izquierdo, y estrechándoselo suavemente, le demostró el interés que le inspiraba su situación, y la resolución que había formado de participar de su suerte.
Después de dos o tres minutos, que el padre Bonifacio empleó en beberse a pequeños sorbos un vaso de vino, para hacer su ofrecimiento con toda la dignidad que el caso requería, dijo a Alberto:
—Hijo mío, nos, vuestro superior legítimo, abad por la gracia de Dios del monasterio de Santa María, hemos oído encomiar las varias aptitudes de que el Cielo os ha dotado, y particularmente vuestra destreza en la caza, y la habilidad con que matáis los gamos, como buen cazador que no abusa de los dones de Dios destrozando la carne de los animales de que nos permite alimentarnos, cosa que hacen con demasiada frecuencia los guardas negligentes o torpes.
Al llegar a este punto, hizo una pausa el abad y viendo que Glendinning no contestaba a este cumplido más que con una inclinación de cabeza prosiguió: