El Monasterio

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—Apruebo vuestra modestia, hijo mío, pues no está bien que un joven se alabe a sí mismo. Vuestra conducta me confirma en la resolución que había formado de nombraros guarda segundo de los bosques de los dominios de Santa María. Arrodillaos, hijo mío, a fin de que inmediatamente os confiemos este puesto importante.

—¡De rodillas! —insistió el hermano sumiller, que se encontraba a su izquierda.

—¡De rodillas! —repitió el hermano cocinero, colocado a su derecha.

Pero Alberto no se arrodilló.

—No podré —dijo— arrodillarme bastante profundamente ante vuestra reverencia, ni permanecer arrodillado todo el tiempo necesario para probaros mi agradecimiento por el beneficio que me ofrecéis… Y no puedo doblar la rodilla para recibir la merced que vuestra generosidad me otorga, porque estoy decidido a buscar fortuna por otros medios.

—¿Qué significa esto? —interrogó el abad arrugando el entrecejo—. ¿Sois vos vasallo de la abadía, y cuando os doy una prueba de bondad os proponéis dejar su servicio?

—Me aflige —contestó Alberto— que vuestra reverencia crea que no agradezco infinito sus bondades; pero esa oferta generosa acelera la ejecución de un proyecto que había formado hace tiempo.


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