El Monasterio

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Cumplidos estos diversos deberes de cortesía, salió al patio con todo su cortejo, y allí, exhalando un suspiro, que muy bien podía pasar por gemido, el venerable padre montó sobre su pacífica cabalgadura, cuyas ancas estaban cubiertas con una larga gualdrapa color rojo obscuro que colgaba hasta el suelo; y, muy satisfecho de que los caracoleos del caballo de sir Piercie no comprometieran la calma habitual del suyo, se encaminó al monasterio.

Cuando el subprior estuvo sentado sobre su cabalgadura, buscó con la vista a Alberto. Este estaba medio oculto detrás de uno de los muros de la torre contemplando la cabalgata, dispuesta ya para partir, y al grupo que la rodeaba.

Poco satisfecho de las explicaciones que el joven había dado de la aguja misteriosa, experimentaba el deseo de interrogarle de nuevo tan pronto como se le presentara ocasión. Por fin, habiéndole descubierto, se despidió de él con una inclinación de cabeza, recomendole por señas que tuviera prudencia, y alejose con el resto de la cabalgadura al lado de su superior.




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