El Monasterio

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A fin de tranquilizarse, resolvió dar un paseo por los alrededores, lo que le permitía reflexionar respecto a la forma en que debía abordar al orgulloso extranjero. El momento era favorable para ejecutar este proyecto, sin parecer que huía de sir Piercie, pues todos los miembros de la familia se habían ya dispersado, unos para reanudar sus ocupaciones interrumpidas por la visita de los benedictinos, otros para ordenar lo que se había desarreglado para recibirlos. Saliendo, pues, de la torre sin ser visto, según creía, bajó la pequeña colina y se dirigió hacia una pradera que se extendía hasta el primer recodo que formaba el río, con el propósito de llegar hasta el grupo de árboles que le ocultara a los ojos de todos; pero tan pronto como llegó allí, una mano le tocó en el hombro, volvió él la cabeza y reconoció a sir Piercie Shafton que le había seguido.

Cuando no se confía en la justicia de nuestra causa o algún otro motivo hace vacilar nuestro valor, desconcierta encontrarse con el contrincante antes de lo que se había previsto.

Alberto Glendinning, aunque intrépido por naturaleza, se inquietó al ver al extranjero, cuyo resentimiento había provocado. Su corazón latió algo más aprisa que de costumbre; pero su orgullo le impidió exteriorizar su emoción.


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