El Monasterio
El Monasterio —¡Por mi honor! —exclamó—. He pronunciado a esta rústica un discurso que la más orgullosa beldad de la corte de Inglaterra hubiera querido oÃr, y he perdido el tiempo. El destino, que te ha enviado a estos lugares salvajes, pobre Piercie Shafton, es muy cruel e inexorable contigo, puesto que te ha reducido a no mostrarte más que en presencia de campesinas tontas, y a demostrar tu valor luchando solo contra groseros aldeanos. Pero este insulto, esta afrenta tendrá que pagarla con su vida ese ignorante. La enormidad del crimen debe hacer olvidar la desigualdad del linaje.
Y, discurriendo de esta suerte, encaminóse al lugar de la cita, donde ya lo esperaba su adversario.
Después de saludar a Glendinning cortésmente, le dijo:
—Os ruego que observéis que puedo quitarme el sombrero ante vos sin descender de mi alcurnia a pesar de su inmensa superioridad sobre la vuestra, puesto que al dispensaros el honor de batirme con vos os he elevado, según la opinión de los mejores caballeros, hasta mi mismo nivel, honor que no os parecerá muy caro, aunque lo paguéis con vuestra vida.
—Eso será —contestó Alberto— una condescendencia que deberé a la aguja que os he mostrado.
El caballero varió de color y rechinó los dientes de rabia.
—¡Desnudad vuestra espada! —exclamó.