El Monasterio

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—¡Pues que vean lo que no volverán a ver más! —exclamó Glendinning y se precipitó fuera del patio sin volver la vista atrás.

María Avenel exhaló un grito y cubriose el rosto con las manos.

Hacía un minuto aproximadamente que permanecía en esta actitud, cuando oyó detrás de ella una voz que le decía:

—Sois muy generosa, clemente Discreción al ocultar esos ojos brillantes que eclipsarían a los rayos, que empiezan a inundar de luz el horizonte. Probablemente Febo, temiendo el peligro de semejante encuentro, haría retroceder su carro, dejando al mundo sumido en profundas tinieblas, si vos no velarais con vuestros dedos de nácar los soles de vuestro rostro peregrino. Creedme, amable Discreción.

Sir Piercie Shafton, a quien, el lector, sin duda, le ha reconocido por lo florido de su lenguaje, quiso coger la mano de María, probablemente para que su discurso produjera más impresión; pero la joven, retirándola vivamente, le dirigió una mirada de terror, y entró precipitadamente en la torre.

El caballero la siguió con la vista haciendo un gesto de contrariedad.


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