El Monasterio

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—No habléis de ese modo. Podéis engañar a los demás; pero a mí no me engañaréis nunca. Desde mi más tierna infancia poseo un no sé qué que me hace descubrir la mentira. Ignoro por qué el destino me ha concedido tal privilegio; pero aunque ignorante, mis ojos ven a veces lo que los hombres se esfuerzan en ocultarme: descubro el sombrío proyecto envuelto en un sonrisa, y una mirada me dice más que todos los juramentos y protestas.

—Perfectamente. Puesto que el corazón humano no tiene nada oculto para vos, decidme, querida María, qué veis en el mío, y decidme que lo que leéis no os ofende. No digáis más que eso, y seréis el guía de mis acciones; no haré más que lo que me ordenéis, y depositaré mi honor en vuestras manos.

Al oír esto María, subiole el rostro un vivo rubor seguido de una palidez súbita; pero, cuando Alberto levantó la vista hacia ella y quiso cogerla la mano, la joven se la retiró con dulzura y contestó:

—Si leyera en vuestro corazón, Alberto, no quisiera ver en él más que lo que pudiéramos confesarnos mutuamente. En cuanto a los demás, todo lo que puedo hacer es juzgar por signos exteriores, por las palabras y por las acciones, aunque con más certeza que nadie; lo mismo que mis ojos, como sabéis, han visto a veces cosas que permanecían invisibles para los demás…


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