El Monasterio
El Monasterio Este reproche sublevó nuevamente el orgullo de Alberto.
—Pues bien —replicó—, ¿qué os importa de mÃ, si tenéis un protector más sensato, más prudente, y tan bravo como yo? ¿Qué más podéis desear? ¡Yo no os sirvo para nada!
Alberto disponÃase ya a retirarse, cuando MarÃa le puso una mano sobre el hombro con tanta dulzura que apenas la sintió; pero este suave contacto le impidió dar un paso. Con un pie en el umbral, quedóse inmóvil como por un encanto invencible. La joven quiso aprovechar este momento de duda, y dijo:
—Escuchadme, Alberto: yo, huérfana, he sido la compañera de vuestra infancia; pero, si vos no queréis escuchar mi tÃmido ruego, ¿a quién se atreverá MarÃa Avenel a dirigir otro?
—Os escucho, querida MarÃa; pero apresuraos. Os equivocáis respecto a la causa que me impulsa a salir; no se trata más que de una partida de caza, y…