El Monasterio

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—¿Qué os ha sugerido esa idea, María? —contestó Alberto tratando de ocultar su emoción—. Sir Piercie Shafton es el huésped de mi madre y el protegido del abad de Santa María, nuestro señor temporal; su nacimiento es ilustre; ¿por qué suponéis que me hayan molestado las palabras inconscientes que me ha dirigido, más con la intención de mostrarme su gracia que por malicia?

—Vuestra pregunta no me permite ya dudar, Alberto. Desde vuestra infancia, os habéis mostrado emprendedor, amigo del peligro, aventurero y dispuesto a aprovechar la menor ocasión de demostrar vuestro coraje. El temor no os hará desistir de vuestra resolución; pero que sea la piedad, Alberto, la piedad a vuestra madre, a quien la muerte o la victoria de su hijo va a privar de su consuelo y de su sostén durante sus últimos años.

—Le quedaría mi hermano —dijo Alberto volviendo la cabeza.

—Sí, le quedaría el bueno, el sensato, el prudente Eduardo, a quien tampoco falta valor, Alberto; pero, sin tener vuestro ímpetu, está, como vos, animado de un noble orgullo, acompañado de suma prudencia. No sería a él, ciertamente, a quien su madre ni su hermana adoptiva suplicarían inútilmente que no corriera a su perdición y no les arrebatara toda esperanza de dicha, toda seguridad de protección.


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