El Monasterio

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El caballero no pudo continuar; exhaló un sordo gemido; sus miembros se pusieron rígidos; se cerraron sus ojos, y sir Piercie quedó inmóvil. El vencedor comenzó a mesarse los cabellos desesperado y precipitose sobre el cuerpo inanimado de su víctima como si pudiera salvarle. El corazón del caballero latía aún; pero, careciendo Alberto de todo recurso, ¿cómo evitar la muerte que se acercaba a pasos agigantados?

—¿Por qué —exclamaba en su inútil arrepentimiento—, por qué le habré provocado? ¡Pluguiera al Cielo que me hubiera resignado a sufrir las más crueles humillaciones, antes de convertirme en instrumento de un acto sanguinario! ¡Maldito, dos veces maldito sea este lugar funesto que escogí para teatro del duelo, sabiendo que era la guarida de brujas o de demonios! En cualquier otro sitio hubiera podido socorrerle, habría corrido a demandar auxilio a voces. Pero aquí, ¿dónde encontrarlo? ¿Quién me oirá, si no es el genio del mal que en este lugar reside? Aunque es esta la hora de aparecerse, lo llamaré, y si está en su poder prestarme auxilio, tendrá que acudir en su ayuda, pues, en caso contrario, verá de lo que es capaz un hombre arrastrado por la desesperación, aun contra los seres de otro mundo.

Alberto evocó efectivamente a la Dama Blanca; pero esta no se presentó ni se dejó oír.

Fuera de juicio, y con el atrevimiento que constituía el fondo de su carácter, exclamó al fin:


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