El Monasterio
El Monasterio —¡Ay! —contestó Alberto—. La consternación en que estoy sumido no debe asombraros. Abandono el hogar paterno, me alejo de mis amigos, y estoy manchado con sangre de un hombre que solo me ofendió muy levemente. El corazón me acusa, y serÃa más duro que una roca, si pudiera soportar la penosa idea de que la vÃctima de mi furor ha ido a rendir una cuenta terrible sin estar debidamente preparada para ello.
—Basta, hijo mÃo. El hecho de no haber respetado la imagen de
Dios en la persona de vuestro prójimo, de haberos dejado arrastrar por el furor o por el orgullo, hasta el punto de derramar sangre humana, es, indudablemente, un pecado horrendo, y el no haber dejado al pecador tiempo para arrepentirse es más horrible aún; pero existe un bálsamo en Galaad.
—No os entiendo, padre mÃo —contestó Glendinning asombrado de la solemnidad con que le hablaba el anciano.
—Si habéis matado a vuestro enemigo —prosiguió el anciano—, habéis cometido una acción bárbara; pero, si lo habéis matado cuando no estaba en estado de gracia, es más criminal aún. Seguid mis consejos, y, si habéis entregado un alma a Satanás, esforzaos por arrancarle, al menos, otra.