El Monasterio

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—Ya os comprendo. Queréis que, para expiar mi crimen, procure la salvación del alma de mi adversario. Pero ¿cómo? No tengo dinero para pagarle misas. De buena gana iría descalzo a Tierra Santa para librar su alma del purgatorio, si no temiera…

—Hijo mío, el pecador por cuya salvación os conjuro a que trabajéis no ha muerto; no es por el alma de vuestro enemigo por la que os exhorto a orar: un juez, tan misericordioso como justo, lo ha sentenciado ya, y aunque convirtierais esta roca en ducados y los emplearais en rezarle misas, no le serían de ningún provecho. El árbol en el sitio en que cae, y el brote lleno de savia y de vida recibe la dirección que se le quiere dar.

—¿Acaso sois sacerdote, padre? ¿Quién os ha conferido el derecho de hablar de cosas tan elevadas?

—El Todopoderoso, mi Señor, bajo cuya bandera milito.

En cuestiones religiosas, Alberto solo conocía el catecismo del arzobispo de San Andrés, pues sus estudios de teología no habían ido más allá; pero, aunque poco versado en esta ciencia, empezó a sospechar que su compañero de viaje era uno de tantos herejes cuya influencia conmovía entonces la antigua religión hasta en sus fundamentos. Educado, desde su infancia, en un santo horror a esos formidables sectarios, no pudo reprimir la indignación que debía experimentar todo vasallo de la Iglesia en análogas circunstancias.


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