El Monasterio
El Monasterio A fuerza de oír repetir tantas veces lo mismo, comencé a dudar de mi opinión, y, cuando nuestro digno pastor leía con voz clara y vibrante algunos párrafos del manuscrito, le, escuchaba con más atención que sus sermones. ¡Tan grande es la diferencia que existe entre leer uno mismo una obra que os detiene a cada instante y oírsela leer a otro, como la que hay entre atravesar en una barca un río cenagoso, y atravesarlo a pie con cieno hasta las orillas! Sin embargo, necesitaba encontrar un editor que examinara y repasara la obra, cosa que, según el maestro de la escuela del pueblo, era indispensable.
Nadie quería imponerse esta molestia. El ministro deseaba estar tranquilo al lado de su chimenea, y el alcalde alegaba la dignidad de su puesto y la proximidad de la feria, que le impedían ir a Edimburgo a dirigir la impresión. El maestro de escuela era el que se mostraba más propicio, y, acaso, envidioso del renombre de Jedediah Cleishbotham, su colega; no oponía grandes dificultades a encargarse de la tarea; pero tres arrendatarios, cuyos hijos tenía a pensión cobrando veinte libras esterlinas al año, se opusieron, marchitando así las primeras flores de su ambición literaria, y viose obligado a desistir.