El Monasterio
El Monasterio Para colocar en el fuego el molde de hierro destinado a la preparación de este delicado manjar, apartó una cacerola en la que Tibb confeccionaba un guiso de su invención.
Esta murmuró entre dientes:
—¿Es que el caldo de mi niña enferma ha de ceder el sitio a las golosinas de ese endiablado inglés? En los buenos tiempos de Wallace o del rey Roberto, estas gentes del Sur no recibían aquí más que buenas estocadas: pero ya veremos cómo acaba todo esto.
Elspeth no hizo caso a estas manifestaciones de descontento, pero la afectaron penosamente, pues consideraba a Tibb como una especie de autoridad en las cuestiones bélicas y políticas, las que su experiencia, como doncella del castillo de Avenel, la hacían más competente que los apacibles habitantes de los dominios de la comunidad, así es que no volvió a tomar la palabra más que para expresar su sorpresa por el retraso de los cazadores.
—Ellos lo pierden si no vuelven pronto —contestó Tibb—, pues encontrarán el asado quemado. Ved al pobre Simón, que ya no puede dar más vueltas al asador, y que se está derritiendo como la nieve al sol. Id a tomar el aire un momento, hijo mío; yo daré vueltas al asador mientras descansáis.