El Monasterio

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—Sí; y le gusta sentarse en un almohadón muy blando. He visto a más de un rico sentarse en un banco. Pero, estando vos contenta, yo también lo estoy.

—Aquí llega la joven molinera —dijo Elspeth—. ¿De dónde venís, Mysie? Nada sale bien aquí cuando os alejáis.

—He ido al río, pero sola, porque la señorita Avenel está indispuesta y no ha querido salir.

—Para ver si los jóvenes vuelven de la caza, sin duda.

—Así son las muchachas, Tibb. ¡No piensan más que en divertirse, y dejan todo el trabajo a los demás!

—Se equivoca, señora Elspeth —contestó Mysie remangándose los brazos y mirando en su derredor para ver en qué podía serles útil—; pero he creído que debía ver si llegaban para prepararles la comida.

—¿Los habéis visto?

—Ni las sombras siquiera, a pesar de haberme subido a una colina desde la que hubiera podido ver las plumas blancas del sombrero del caballero inglés.

—Y la cabeza de Alberto más alta que las plumas del caballero, por blancas que sean —añadió Elspeth.

Mysie, sin contestar, púsose a amasar la pasta para una torta, pues había observado que la víspera le había gustado a sir Piercie.


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