El Monasterio
El Monasterio La mujer es naturalmente compasiva, sobre todo si la víctima es un joven de buena presencia, y aunque el rostro agraciado, la elegancia y la afectación del lenguaje del caballero inglés no habían producido ninguna impresión en el espíritu noble y elevado de María Avenel, habían deslumbrado a la pobre molinera, produciendo una sensación muy viva en su corazón. Sir Piercie lo había advertido y, satisfecho de que se hiciera justicia a su mérito, le había prodigado más cumplimientos de los que tenía derecho a esperar. Mysie, comprendiendo su inferioridad, le estaba agradecida.
Esta gratitud y los temores que la hija de Happer concebía por la seguridad del caballero, produjeron grandes estragos en su joven y tierno corazón.
—Cierto que ha hecho mal en dar muerte a Alberto —pensaba—; pero, después de todo, es hombre de alta alcurnia, militar, y tan dulce y tan cortés, que necesariamente ha sido el joven Glendinning el provocador. Todo el mundo sabe que los dos hermanos están tan enamorados de María que no miran a ninguna otra joven. Alberto era orgulloso y altanero, a pesar de ser un verdadero rústico. ¿Es justo que ese pobre inglés, que viste como un príncipe, que está desterrado de su país, y a quien una mala cabeza ha buscado querella, se vea perseguido y, tal vez, ejecutado por los parientes y amigos del joven rústico?