El Monasterio
El Monasterio Mysie extendió en silencio la mano hacia la otra orilla del Tweed, pero sin atreverse a mirar en aquella dirección.
—Explicaos con más claridad, no sé qué me queréis dar a entender extendiendo vuestro lindo brazo.
—Es la casa de mi padre —dijo con voz entrecortada.
—¡Y con tan poca cortesÃa iba a llevaros lejos de ella! —exclamó el caballero, equivocando la causa de sus lágrimas—. ¡Maldita sea la hora en que Piercie Shafton, por cuidarse de su salvación, olvidó lo que debe a una mujer, y especialmente a su bienhechora! Bajad, pues, amable molinera, a no ser que prefiráis que os acompañe al molino de vuestro padre, lo que estoy dispuesto a hacer aun a riesgo de provocar la cólera de los frailes.
Mysie ahogó sus sollozos, dándole a entender que preferirÃa apearse. Campeón demasiado delicado y adicto a las damas para creer que existiera una sola que no mereciese atención y respeto, el caballero saltó de su caballo y recibió en sus brazos a la afligida muchacha, que no cesaba de llorar.
Cuando estuvo Mysie en tierra, se quedó inmóvil y apoyada sobre el brazo del caballero como si no pudiera sostenerse ni supiera qué partido adoptar.